martes, 17 de febrero de 2009

Sí, Soltera.


“Soltera” fuerte palabra. Su peso como que aumenta proporcionalmente a la edad… Pero bueno, aparte de fuerte, es tan confusa, que ni siquiera se tiene claro, si lo correcto es decir que “se es soltera” o que “se está soltera”. Creo que justo es en ese cierto sexismo, escondido dentro de un problema gramatical, que se empieza a notar la disyuntiva de si es algo definitorio de quién eres o qué eres, o si es un estado particular de una persona en un tiempo específico no determinado. Yo me tiro inmediatamente por el segundo bando, el de aquellos para los que es un estado circunstancial, porque no me resigno a creer que es lo que soy. Definitivamente, para mí es como estoy: Sí, estoy SOLTERA.

La famosa palabrita a la que tanto miedo le tienen algunos y sorbe todo algunas. Unas "solteras" son felices estándolo, otras añoran dejar de estarlo. Algunas lo están por resignación, otras estamos aprendiendo a estarlo de nuevo y redescubriendo el cómo disfrutarlo. No faltan quienes le huyen como a la peste. Para otras es únicamente como un estado de transición, entre una pareja y otra. Algunas han estado solteras toda su vida y no saben que es no estarlo, mientras que otras lo estarán por siempre y deberán soportar esa variación gramatical que cambia una letra y agrega dos más, con aderezo de triple connotación negativa -por favor- y ser: las Solteronas.

Lo extraño es que los seres humanos nacemos y morimos solos, es la naturaleza humana ¿no? Por lo tanto el estado de soltería no debería de ser tan complicado de aceptar, ni de vivir, pero para desgracia de las solteras, sobre todo, lo es. Ciertamente las que estamos solteras sabemos cuán feo es que te miren raro si entras al cine sola (cosa que por mi cinefilia compulsiva me pasa a cada rato) o que en un evento cuando te toca pedir que te agreguen una silla, te pongan mil peros porque está todo acomodado “en par”, lo molesto de esas miraditas de pena y lástima que te tiran, entre frases supuestamente alentadoras -que son más bien irritantes- como "va a ver que ahorita le llega" esos tontos que suponen que con eso hace un gran aporte a tu vida, porque disque encontraron el amor de la suya y creen que lo que uno necesita son “ánimos” para correr con su misma suerte… (¿?)

Hace poco me dí de frente con la incómoda realidad que aunque por mí es vasta conocida, me hizo comprobar que nunca deja de afectarte. Así uno no quiera darse por aludida, así uno quiere ignorar a la gente. Cuesta!

Recién fui a un quinceaños de una prima, donde desde que llegué, percibí como que yo había olvidado algo que debía llevar, e incluso llegué a preguntarme si habría dejado un arete, el bolso o algo en el carro, porque parecía que algo importante me faltaba, pero no. Tardé unos segundos en apreciar que ese algo que me faltaba era un alguien, y se llamaba pareja. Sentí esas miradas y vi como tantas veces, los cuchicheos que mostraban “preocupación” (sí, entre comillas) todo reflejaba el “¿cómo es que a Vanessita no se le ocurrió traer a alguien si venía a una fiesta?”, o mejor dicho, “¿por qué no está con alguien en la fiesta y de paso, para la vida en general?”.
Una y otra vez escuché los “viene sola?” -y yo decía, ¿pero si entré con mi familia, ¿será que no los vieron?, o será que ¿venir con la familia a una fiesta familiar es venir sola?- los infaltables “¿y su novio dónde está?” o “al novio ¿dónde lo dejó?” y claro que los predecibles “¿cómo que no tiene???” (con tres ? dado el tono interrogante excesivo). Tras la incómoda sesión de minutos gastados en preguntas y respuestas –y eso que aún no había llegado ni la hora del brindis- terminé sacando mi faceta cómica, para tratar de explicarles que así estoy muy tranquila, y que "no ando en una ferviente búsqueda con una caña de pescar, ni un lazo, ni una soga de rodeo por la calle", para capturar al maravilloso espécimen masculino que me quitará lo soltera.

La gente que me dijo algo terminó disque riendo conmigo, y leyendo entre líneas mi “gracias, pero no gracias”, en algunos su cara igual reflejaba lo incomprensible que les resultaba mi comentario, osea mi posición. Era fácil leer en sus caras un ridículo -pero común- “pobrecita” o algunas, por demás conocidas, interrogantes que hacían cuando yo me iba: “¿Quién la entiende? ¿Por qué no busca novio? ¿será que sigue enamorada del ex? ¿cuántos años tiene? ¿Acaso no quiere casarse pronto? ¿No quiere tener hijos?…” y yo moría por decirles: “sí, ya voy camino a los 25, ¿y qué? Estoy soltera y quiero casarme y lo de los hijos aún no lo sé, pero de nuevo… ¿y qué?”.

Luego pensé algo “aliviada” que de todos modos, yo podía haber ido acompañada, y reacompañada -aunque eso no me quitaría lo soltera claro- y que fui yo y únicamente yo quien decidió no hacerlo, yo fui a la fiesta conmigo misma y que eso debería ser suficiente para todos! Total, ¿la nieta de mi abuela y prima del quinceañera soy yo ?¿no? Pues soy yo quien tiene que estar aquí, no nadie más! quería decirles “ey me estoy divirtiendo y/o aburriendo igual que ustedes” y una docena de cosas más. Y así, refunfuñando, me di cuenta que en mi empeño por acallar sus voces y responderles -aunque fuera mentalmente- con todos mis argumentos, más bien me estaba defendiendo! Sí, justo caí en ese juego que tanto me molesta en el momento en que empecé a justificarme con ellos internamente. Maldito vicio ese que agarramos de estarnos justificando! Indignada conmigo misma, me pregunté ¿En qué momento exacto de la vida una se convierte en una eterna proveedora de excusas para justificar su vida?

Mientras tanto, me harté de la criticadera de los demás, y decidí ir a bailar con mi ahijado en brazos, pero no, un pequeño hombrecito de 9 meses no era un buen salvoconducto. Y así pareció que nada de lo que hice estuvo bien, estando “sola” todo lo yo hacía tenía un pero, o una doble interpretación. Hablé con dos primos lejanos, pero me hicieron los ojos al revés porque "uy me los estaba ligando”, cuando fui al baño “estaba huyendo”, cuando cambié de mesa para conversar con gente que casi nunca veo, mostré –según mami- lo “obstinada que estaba”, porque estar sola significa que uno tiene que obstinarse en una fiesta! Mostrando algo del ánimo que me quedaba, decidí tirarme a pista a bailar, pero error! olvidé que para bailar hay que preguntar antes la edad, porque bailar con hombres más jóvenes “se ve muy feo” y te convierte en una “asalta cunas” como dijo –disque entre bromas- una tía cuando me senté.

Luego caí en mi mesa, otra vez. Pero esta vez para quedarme ahí y decidida a no moverme más! Me quedé en mi silla, sola, seria y calladita, contemplando mi celular, pero para efecto sociales es parecer “amargada” o que estás esperando alguna llamada o mensaje (yo lo que hacía era mirar la foto que le tomé ese día a mi perro) pero claro, las solteras siempre estamos a la espera de alguien o de algo de algún alguien -y ese alguien no puede tener cuatro patas- Sino! Incluso, cuando pedí otra cocacola, una prima casada me dijo “ya deje eso, que se engorda, después no se queje...!” y justo recordé ese peligro oculto, al que nos sentencia el engordar: te quedarás sola.

A esas alturas de la fiesta, me decidí por pedir un trago, a sabiendas de que ahora parecería una alcohólica, aunque igual parecía que ahí era mejor ser eso que soltera. Me dediqué a ver dormir a mi ahijado -sintiendo francamente mucha envidia- y terminé huyéndole a la mirada de algún primo cercano que no debería de verme como me ve, y de la de ciertos tipos, esposos y novios de esas mujeres tan preocupadas por mí, que no se percataron de que sus respectivas parejas, me miraban como lobillos, ellos tampoco le quitaron el ojo de encima a esa, a la del vestido negro y botas altas, que se atrevió a aparecerse soltera en la fiesta. Que irónica es la vida! Ellas sintiendo pena por mí, y yo por ellas…

Las horas fueron pasando, entre cumbias y reggaetón (quien escogió la música?) y la incomodidad que sentían los demás al verme, me empezaba a parecer contagiosa y la verdad hubo un rato en que sólo pensaba "¿por qué diablos no venden un aparato teletransportador que me lleve directo y sin escalas a mi camita?". Pero la solución no es un chocolate, ni el huir de ahí, porque aunque ganas no faltan, huir implicaría también tener que hacerlo de casi todos lados, porque el problema no está en una situación o sitio particular, ni en unas personas, el problema lo tiene esta sociedad. La sociedad que casi impone que debemos vivir en pareja y que no espera que tengas 30 ni 40, sino que en los 20 y escalofriantemente a veces mucho antes, empieza a presionarte a que tengas a alguien, y eso sí, lo luzcas públicamente del brazo, porque sino ¿para qué sirve, no? Esa sociedad donde abundan las mentalidades cerradas, concepciones erróneas de la soledad, de la independencia, y donde somos las solteras, las que suscitamos las mayores suspicacias en torno a nuestra vida privada.

Estando solteras debemos aguantar que cuestionen nuestras razones, nuestro estilo de vida y a veces hasta nuestras preferencias sexuales, en ocasiones hasta es un cuestionamiento de uno como mujer (aunque en menor medida, a los hombres también les pasa) Parece que cuando no tienes a alguien, es como si los demás tuvieran permiso de excluirte de la masa de gente que se empareja y reproduce. Lo peor de todo es que esta aprensión a la soltería, como creencia cultural, es fácilmente aprendida y reproducida, incluso por las mismas mujeres, y por ello esaes para mí la culpable de ese pánico que hace que a las mujeres les aterrorice la idea de quedarse solas y de que muchas continúen con relaciones que de no ser por ese miedo, no habrían sido de la mitad del tiempo de lo que fueron... es la culpable de esas trabas que paralizan, que hacen a las mujeres sentir vértigo a la hora de romper una relación que ya no las hace feliz o al separarse de alguien que no aman, o que ya no las ama. Qué triste aceptar que resulta siendo, tan dañina para la salud mental y el libre desenvolvimiento de muchas mujeres y de su femineidad misma.

Personalmente (porque me incluyo) sé lo difícil que nos lo pone, y lo espinoso que resulta ese camino hacia el estoy sola y estoy bien, lo sé porque lo he venido recorriendo y aún estoy en ello.

Estar soltera es también muy agradable, estar soltera se trata de decisiones, de expectativas, y de un bonito aprendizaje, que se produce al estar en nuestra propia compañia, al estar con uno mismo. No hay nada de malo en ello. No te hace mejor ni peor. Gracias al cielo uno tiene la posibilidad de elegir como quiere vivir su vida, y la vida está hecha de elecciones. A veces hay que elegir quedar como una pobrecita, bruta, libertina, agazapada, loca, rebelde, o como una “desacertada” para defender una elección de uno, sobre todo cuando esa elección te convierte en lo que los demás no quieren que seas o en algo que nadie espera que seas. Creo que se trata también de carácter, y de recordar dónde has estado, saber dónde estás y el porqué. Tener claro qué es lo que buscas en una pareja y que si no te conformas con menos, es porque sabes lo que vales. Recordar que vives por ti, y que no vas a vivir en discapacidad emocional, sumando relaciones disfuncionales, para “estar acompañada” y así llenar expectativas de otros.

Así que volviendo a esa noche de la fiesta, en algún punto deje de pensar tanto y finalmente respiré! Sonriendo, abandoné mi silla por un rato, agarré a mis hermanas de la mano y me las llevé a bailar. Fui jalando poco a poco a cuanta prima menor estaba sentada y hicimos el famoso círculo donde cada quien baila sola, y como quiere. Por mucho, fue el mejor momento de la noche. Tal como hice mentalmente en ese momento, agarro ahorita mi megáfono imaginario y digo:
No tengo que excusarme por ser quien soy, o por no vivir como ustedes quieren, ni por no estar con alguien, solo porque ustedes creen que debería de estarlo. Acertada o desacertada, esta es MI vida y ser soltera, es solo una parte de eso, un estado que cambiará o no, cuando yo así lo decida, cuando ese otro alguien, que no sé donde está, aparezca. Hasta entonces, ESTA SOY YO, Sylvia o Vanessa, según… Soltera, libre y feliz… y punto.

jueves, 12 de febrero de 2009

Dejar atrás...


Escuchaba ayer una canción que me encanta y cuando estaba yo desgalillada cantando “Sé que ya te había perdido, mucho antes de perderte…“ justo me di cuenta de cuan cierto es que siempre –lo aceptemos o no- hombres y mujeres vemos venir que algo ha acabado, mucho antes de que finalmente acabe. Sí, lo sabemos. Percibimos cuando hemos perdido a alguien, o cuando ese alguien nos perdió a nosotros, o cuando nadie perdió a nadie y lo que se perdió fue “el sueño”, eso que un día soñamos tener juntos, porque lo que se tiene está cada vez más lejos de serlo.


En el fondo sí que sabemos cuando ya no hay amor, cuando se ha perdido la ilusión, o las ganas, o ambas, hasta cuando una persona nunca nos quiso como dijo o como nosotros quisimos pensar que lo hacía. Por desgracia lo sabemos incluso, mucho antes de que siquiera estemos dispuestos a aceptarlo, normal claro, porque reconocerlo es ver nuestro cielo nublarse, es como un anuncio del fin de ese futuro que ya no quieres, que ese alguien ya no quiere contigo o peor, de ese futuro del que huyes porque estás viendo que no se parece en nada al que una vez imaginaste. Casualmente, tres de mis amigas han terminado recientemente, eso me ha puesto a pensar mucho en el “principio del fin”, en esos mil peros que nos ponemos antes de decidirnos a terminar y que pareciera que pesan tanto, que logran encadenarnos.

Volviendo a mis amigas, (y a mi misma) lo chistoso es que pareciera que cuando finalmente acabas con los susodichos te sientes bien, seguras de que tomaste una buena decisión y estás mejor así, pareciera que nos quitamos un peso de encima y hasta estamos aliviadas, pero ¿Por qué nos cuesta tanto decir Adios y llegar a ese estado de alivio? ¿Por qué nos toma tantísimo tiempo? ¿Por qué demoramos tanto en hacer lo que sabemos que tarde o temprano terminaremos haciendo, o duramos tanto en dar ese paso que sabemos que necesitamos dar?

Me pregunto por qué perdemos el tiempo? una y otra vez! Por qué escogemos seguir perdiendo nuestro tiempo en causas perdidas? …penosamente creo que aún más nosotras las mujeres. Es increíble que lo hagamos conscientemente. Contra todo pronóstico razonable, le damos largas al asunto y vemos -en el mejor de los casos- días y meses pasar, eso cuando no son años… Sostenemos lo insostenible, con mil excusas en las que ya ni creemos, aferradas con uñas a algo sin futuro, porque no le queda ni el presente.

Las mujeres tenemos un sexto sentido, yo sí lo creo, hay quienes no. Pero aún cuando este nos falla, está el sentido común, además del cerebro –muchas veces en desuso cuando se trata del corazón- ah y tenemos los ojos del alma y esos sí que ven, que nosotras queramos darle mil vueltas jugando a la gallinita ciega o fingir un ataque de ceguera, es otra cosa. Por qué nos obligamos a estar con personas que ya no amamos, que no queremos, o hasta ya no toleramos? Por qué luchamos para estar con quien no nos quería e insistimos, para luego permanecer en sitios de los que debimos salir antes o mínimo escapar? Pareciera que decir “hasta aquí” se tratara de misión imposible, -y sin ningún Tom Cruise para peores- ¿por qué es realmente tan difícil???


Lo peor es que “quedándonos” no ganamos, perdemos. Perdemos esfuerzos, perdemos oportunidades, perdemos esperanza, y peor, perdemos lo más valioso que los seres humanos teniendo una vida tan corta tenemos, tiempo. Si para tantas cosas de la vida valoramos el tiempo, contamos los minutos para que termine una clase, empiece un concierto, o para que llegue una comida express, y con todo lo que nos molesta hacer filas, esperar un taxi o un autobús, pasar horas en el banco, en fin… porque en nuestra vida personal pareciera que nos da igual perderlo? Total, siempre finalmente nos lo recriminamos, no? Somos las primeras en quejarnos y en recitar esa lista de verbos nada agradables: perdí, malgasté, invertí, le dí, desperdicié…

Hemos desarrollado una cierta y extraña comodidad con la postergación. Simplemente nos quedamos, “nos dejamos estar” y tratando de explicarlo, sale a relucir nuestra autoestima, nuestra poca firmeza para actuar, más sabiendo que –aunque en el momento no lo parezca- es en nuestro beneficio. Como es que dejamos pasar una y otra vez, la oportunidad de ser nuestro propio superhéroe y cual Spiderwoman, por fin lograr despegarnos de nuestras propias telarañas.

Finalmente lo que tanto nos cuesta es poner fin a situaciones donde se supone que estamos porque queremos, o sea ¿las parejas las escoge uno o no? En ellas ¿estamos para ser felices cierto?, porque para sufrir, en el mundo nos sobra con que… Y sí, si ya no lo somos o si nunca lo fuimos y recién abrimos los ojos, ni el dolor, ni el miedo, ni un trabajo, ni el dinero, ni el sexo, ni la costumbre, ni nada debería de ser más fuerte, como para evitar que nos quedemos sólo 10 min más, lo suficiente, para decir como Julieta Venegas. “Me voy, que lástima pero adiós, me despido de ti y me voy”.

Valoremos nuestro tiempo. Como diría mi mamá "el tiempo pedido, hasta los Santos lo lloran". Yo he llorado el tiempo suficiente para comprobar mil veces que hacerlo después no sirve de nada. Quisiera volver y terminar a algunas peronas la primera vez que sentí que debía hacerlo. Cuánto me hubiera ahorrado? De todas formas casi siempre terminamos con alguien por una razón que ya se había asomado por ahí, o que no dió luces suficientes mucho antes. Cuando miramos atrás y lloramos ese tiempo, no recuperamos nada. Sólo conseguimos, perder aún más tiempo.

Sigamos el ejemplo del mar que con la fuerza de una ola, borra las huellas en la arena... borrando ese pasado que una vez pasó por ahí, dejando limpia la playa. Aprendamos del mar, que siempre sabe hasta donde dejar de subir, hasta donde llega la espuma...


Pero sí, se necesita valor!!! Valor para hace que suba nuestra "marea alta" como el mar y poder decir hasta aquí y borrar...
Necesitamos fuerza para afrontar, para decidir. Y amarnos -esta es la palabra clave- lo suficiente, como para valorar cada segundo de nuestra vida y para que logremos dejar atrás… y no volver.