martes, 3 de marzo de 2009

La coronita que nos heredó Disney

No se ustedes, pero de pequeña casi siempre me dormí, después de que me leyeran o me contaran un cuento, historias repetidas cuyo final feliz, me mandaba siempre sonriente a los brazos de Morfeo. Recuerdo cuántas tardes, de esa feliz época, sin obligaciones ni responsabilidades, cuando no estaba jugando, me la pasé viendo películas de Disney. Fueron horas sumergida en esas pelis que siendo muy sanas –comparada con muchas de ahora- y con lo entretenidas que eran, me hicieron amar la fantasía tanto, que muchas veces olvidé que eran eso justamente: “fantasía”. Seguramente no habré sido la única.

Más de una vez cerré los ojos, tratando de meterme de un salto en una pintura, traté de volar con el paraguas de papi, o de deslizarme -aterrada- por la baranda de las gradas de mi antigua casa, al mejor estilo de Mary Poppins. Recuerdo fingir tener una varita mágica (materializada en una pajilla) para desaparecer del plato las verduras -que nunca me han gustado- o usarla para hacerme un par de zapatos, que aunque no de cristal, fueran eso sí, bien altos, de meter y sin hebillas (lo más diferentes posible a los zapatos ortopédicos horrorosos y que me hacían usar para corregir mi pie plano). En mi soledad de hija única –en ese entonces- traté decenas de veces, que algún muñeco cobrara vida por un ratito y me hablara como Pinocho. Más de una vez guardé granitos de arroz o de elote mientras comía, para salir al patio de mi abuela, llevándolos en la mano y cantando, y me sentaba a esperar que algún pajarito se dignara a bajar, sino por mi canto, mínimo a comer. Pero nada.
Supongo –y espero- que ustedes al igual que yo, deben de haber hecho tantas o más cosas fantasiosas, inspiradas a menudo no sólo por la edad y la imaginación, sino en esas peliculitas que tanto disfrutamos una y otra vez. Pensaba estos días, como esas historias mágicas, que en su mayoría giraban en torno a príncipes y princesas, magia, palacios, brujas y hadas madrinas, marcaron no sólo nuestros juegos de niñas, sino también buena parte de las expectativas de las mujeres sobre nuestras parejas y nuestras relaciones amorosas del futuro.
Así, Disney nos heredó una coronita de princesas de cuento, que pesa y bastante.

No pocas mujeres ven pasar sus años, cual bellas durmientes, soñando con la llegada del dichoso príncipe azul, verde o violeta a sus vidas. Cuántas mujeres hablan o actúan como pacientes princesitas a la espera de ese día en que un magnífico caballero de brillante armadura (o sea atractivo, rico, profesional, de buena familia y con un buen trabajo) aparecerá, las mirará fijamente y se enamorará de ellas casi a primera vista, bajará de su carrazo -perdón- de su caballo, las sacará a bailar o a comer, y después de un beso -unos cuantos o algo más- sabrá que están hechos el uno para el otro, que son la mujer de su vida y tendrán una gran boda –viaje de luna de miel incluido- y luego se las llevarán consigo a vivir, a una casota, a gozar de abundancia material y servidumbre –una empleada mínimo- y sí, llegar al final juntos, al soñado: “felices para siempre”.
Independientemente de si creemos o no, en una parte o en todo ese final soñado, toca reconocer que el ritual de la felicidad que nos pintaron -literalmente- y nos vendieron de pequeñitas, suena muy prometedor, muy fácil y muy bonito, cualquiera lo compra. Sin quererlo, todas, aunque nos guste negarlo, mostramos vestigios de esas princesitas o tenemos un poquito de su idealismo.
Las princesas que tenemos dentro, se asoman a veces cuando ilusoriamente mientras besamos un sapo, le vemos cara de príncipe encantado y cruzamos los dedos para que cambie y se convierta en ese que soñamos, o cuando usamos la tarjeta de crédito cual hada madrina que pone a nuestro alcance el vestido y los zapatos, outfit perfecto para capturar la atención de los posibles prospectos a príncipes que provienen de reinos lejanos.

Muchas veces apenas comenzando una relación, soñamos rapidísimo y volamos muy lejos de la realidad a mayor velocidad que la alfombra de Aladino y ya nos vemos entre las nubes en "un mundo ideal”. Incluso, no falta la princesita de nuestros días, que aunque se sabe linda, inteligente y profesional, no se siente tan exitosa, ni tan completa ni tan feliz –como debiera- porque cree que la felicidad lleva casi que de forma inherente, el tener un susodicho a la par, con quien cabalgar por la vida, y viviendo a medias, espera a que ese gran príncipe -que muchas veces no llega ni a los talones de esas mujeres- venga al rescate, aunque sea, de su cotidianeidad, que por buena que sea, se supone siempre es mejor si tienes a un caballero a tu lado.
Aceptémoslo, si no tuviéramos algo de esas princesas, la mitad de nosotras no saldría esperanzada a probar una y otra vez, a ver cómo nos va con el galán de turno. Tampoco más de una hubiera menospreciado o dejado pasar, a esos, que cual 7enanos, son hombres comunes y no muy agraciados que demuestran interés, apoyo y cariño, solo porque están a la espera del príncipe ideal, de mínimo 1.80 y otras “bondades”; y tampoco existirían esas mujeres que una vez que tienen un anillo de compromiso en la mano, se sienten -cual señor de los Anillos- poderosas seres superiores a las demás mortales solteras, capaces de vencer cualquier obstáculo en su camino al final feliz, ese para el que a veces pareciera, el compromiso es la única, certera –y tonta- garantía.

Es más, si no fuera así, la boda de Lady di no hubiera sido el suceso mediático que pasó a la historia, cuando miles de mujeres del mundo entero se pegaron a la tv para ver el cuento de hadas hecho realidad, el evento nada convencional donde al mejor estilo del anuncio de “Pasa en las películas, pasa en la vida real, pasa en TNT” vibraron con la boda de un príncipe que se dignó fijarse en la plebeya, casarse con ella y llevarla a su palacio, pero aquí, eso sí, a ser infeliz por el resto de su pública vida. Me pregunto si ¿será que cuando el cuento de hadas -por bello y creíble que parezca- se da en la realidad y no en la fantasía, ya no funciona? ¿Será que los finales felices están sujetos exclusivamente a una pantalla?...

Innegablemente, la utópica vida que se muestra posible en los cuentos de hadas, es soñada. Los personajes son casi las parejas ideales, y para ellos, una vez estando juntos, no habrá después problemas ni sorpresas. En esas pelis siempre el príncipe es atento y caballeroso, él se quita su abrigo para tapar el charco y extiende su mano, no como los que en la vida real, no sirven ni para abrirte la puerta. Los príncipes son siempre educados, respetuosos y de carácter dulce, no los verás jamás gritando, celosos, ni agresivos; son generosos, bondadosos y galantes, no se quejan de cuánto gastaron en la cena, no son egoístas que sólo piensan en sí mismos, ni pretenden que los mantengas, ni tampoco se sienten menos si ganas más o estas mejor preparada que ellos (tal vez porque las princesas de cuento nunca son brillantes ni educadas, solo deslumbran al príncipe y al mundo con su belleza, pero eso es otro tema).
Nunca veremos en esas pelis, que el príncipe engañe a la princesa con su ex-novia de otro reino, o que deje a la Cenicienta sola con sus ratones en el castillo para irse con otros príncipes a la playa un fin de semana. Además, el objetivo de todo príncipe siempre es tener una vida juntos tras la debida boda, y tal vez por eso nunca aparecerán interesados únicamente en tener sexo con la princesa o en algo con ella la noche del baile y ya, ni en lugar de matrimonio, le ofrecerán a ésta, vivir en unión libre “porsiacaso”. Los príncipes son “a prueba de todo” fuertes, valientes y luchan por sus princesas, en contra de villanos y a veces hasta se oponen a su familia, nunca serán el hombre que pone antes que a ella a su mamá, sus estudios o su trabajo, ni para el que la distancia, la situaciones familiares o económicas difíciles, le serán suficientes para rendirse.
Después de la dichosa boda, el príncipe no resulta un alcohólico, ni un viciado por el juego, ni un vago, ni aparecerán tampoco los hijos que tenía de antes con otras doncellas. Solo hay un simple e irreal final feliz, porque ni cuando envejecen, en las 2das y 3eras partes, veremos al príncipe quedarse calvo y panzón, o no querer bañarse un domingo, ni en su defecto, a las princesas feas, despeinadas, sin maquillaje o sin su cintura de avispa. Ah y incluso si el príncipe no es atractivo al principio, como La Bestia (sí, la de Bella) en determinado momento, con un beso y por arte de magia se transforma en un joven guapo, o sea ni parecido a la vida real donde si el supuesto príncipe es feo, para lo único que variará es para ser más feo aún. (Además me pregunto si la bestia peluda hubiera sido la mujer, hubieran puesto que el Bello se enamora de ella así, pero en fin.)

Hoy recordaba que mi primera ida al cine, coincidió con mi entrada al Kinder. Me llevaron a ver La Sirenita y con ella, además de mi necedad por cajitas felices para coleccionar sus personajes, vino mi deseo de aprender a nadar -que terminó llevándome a la 1era de las tres veces en las que casi me ahogo- y el querer tener una mascota porque Flander, el pececito amarillo me enamoró. Fue gracias a Ariel, que también tuve mi primer acercamiento con la idea del “sacrificio por amor”, ese que me toparía tantas otras veces años después, donde una vez que te enamoras perdidamente, te toca dejarlo todo: tu familia y amigos, tu hogar, a lo que te dedicas y hasta tu voz y tu cola -y metafóricamente con ellas- la forma cómo has vivido, en fin: tu mundo propio. Casi como el entendido precio a pagar, para poder ir corriendo en una búsqueda incierta del príncipe que se supone que amas –que ni conoces bien- y del que nada te asegura que llegará a amarte -menos para siempre- porque sólo entonces, cual premio a todo lo que dejaste atrás y a lo que renunciaste, conseguirán una vida juntos y felices, o sea: una “nueva” vida en el palacio de él, con la familia y los amigos de él, con sus costumbres, ahora “muda” y eso sí, en tierra, que sí, es obviamente la tierra de él. Yo amé la Sirenita, y hoy veo como en ese drama en pleno océano, entre canciones hermosas y pegadizas, su final feliz muestra a las niñas, que está bien cimentar su felicidad, sobre la resignación y la renuncia absoluta a su identidad y a su personalidad, todo en nombre del amor. ¿Ven? cualquier parecido con la realidad, en noviazgos y matrimonios, es simple y mera coincidencia.

Esas pelis, en su mayoría, enseñan que para alcanzar el ansiado y supuesto final feliz, a las mujeres nos toca renunciar a ser quienes somos –todo vale la pena por el príncipe- o peor, toca vivir engañadas, soñando y aspirando a un ideal –que es obligadamente de a dos- donde la “feliz pareja” es totalmente irreal. Qué triste y que risible que este ideal de las niñas al crecer sea ciertamente tan alejado de la realidad o las empuje a una vida llena de decepción, sacrificios y sometimiento. Después no queremos tantos noviazgos fallidos, separaciones y divorcios cuando el carruaje se vuelve calabaza.


Las falsas expectativas eso es lo que crean: frustraciones y fracasos. La consciencia, en cambio, nos hace mujeres pensantes y más seguras, que analizan detenidamente cada paso antes de actuar. Y sí, obviamente no significa que no nos equivoquemos, porque eso también es vivir, pero seríamos más exigentes, más dadas a la voluntad, al esfuerzo, a la tolerancia, estaríamos más preparadas para lidiar con los cielos nublados y las tormentas, si somos conscientes de que no hay tal color rosa.

Cuán diferente hubiera sido nuestra vida y la de muchas mujeres que conozco si en lugar de la Cenicienta, La Bella Durmiente o Blanca Nieves, ¿hubiéramos visto Shrek? -y sí, ya se que no es de Disney- Pero si es ua historia distinta, donde los personajes son mucho más reales, sin poses y viven con lo que yo llamaría una alta dosis de ubicatex! De hecho, ese sentido de realidad, fue lo que le dio un brillo especial a la historia, de entre tanto cuento de hadas, de los que la misma peli hace parodia.


En Shrek aunque sí hay un palacio, éste más bien representa una vida que la princesa no quiere para sí, el hogar termina siendo un mucho menos glamoroso pantano, donde la vida es sencilla, y sí, hay quehaceres por hacer que no te convierten en una pobrecita Cenicienta. Los personajes principales no son seres de bondad infinita, con cuerpos esbeltos y rostros perfectos, de hermosas cabelleras y voces angelicales, más bien abunda la fealdad, hay bestias, ogros y incluso la gente normal es de baja estatura. En Shrek la belleza no lo es todo, porque se acaba, lo que permanece en cambio es la esencia, y finalmente es de eso de lo que nos enamoramos ¿no? En el cuento, las apariencias perfectas no duran para siempre, porque al llegar la noche, salta a la vista la verdad, lo que la gente es realmente, tal cual pasa en los noviazgos y los matrimonios, donde nadie puede aparentar para siempre. Tarde o temprano tendremos al frente a ese otro, pero al verdadero, al que ya no puede esconderse, que está lleno de defectos y debilidades, que mostrará facetas que desconocíamos y cosas que no esperábamos, y que probablemente nos asuste a veces. (Sí, ni modo).

Si hubiéramos crecido viendo Shrek, hubiéramos aprendido de niñas que en las parejas, una vez que aparecemos convertidos en esos pequeños monstruos (que todos somos en el fondo) solo el amor mutuo, de cada monstruito por el otro –y por sus múltiples cabezas-, es lo que los salva para seguir juntos. ¿Ven? Eso es realismo. La capacidad de amar a un alguien que no tiene nada de perfecto ni de maravilloso, en eso es en lo que debieron de habernos entrenado desde niñas, porque eso sí es amor auténtico. Así que a quitarnos el peso de las coronitas imaginarias y hagamos en el futuro que las chiquitas vean Shrek primero.

Definitivamente vivir soñando como Alicia con en el País de las Maravillas, de poco sirve, como tampoco el sentarnos a esperar a un príncipe azul que no existe y un amor de cuento de hadas, porque nunca lo vamos a encontrar; no debemos crecer soñando con una perfección de vida, llena de lujos y comodidades que difícilmente tendremos –y que aún si se tiene- no asegura nada. No podemos buscar la Felicidad donde no está y de un modo que nunca llegará.

Nos toca vivir sabiendo que todo cuesta, que ninguna hada madrina nos arreglará la vida, y que solo nosotras podemos agarrar nuestra varita mágica y ser quienes decidimos nuestro destino, como será, y si será, o no, al lado de alguien. Lo bueno del cuento de nuestras vidas, es que aún sin fantasía, podemos tener la certeza de que en nuestra manos está el tener un final feliz, con o sin ese alguien, porque que aparezca no marca el fin, sino un nuevo comienzo y queda todo un libro en blanco por escribir. Es mejor convencernos de que si ese alguien sí aparece en el cuento, será porque nosotras así lo queremos y lo decidimos, y que aunque de príncipe tenga muy poco -yo me conformo con que tenga un caballo de verdad jaja- finalmente lo amemos y nos ame, con un amor humano y verdadero (que cuesta, y mucho!) pero que es un amor real.

6 comentarios:

  1. Felicidades Sil, no cabe duda q ud sirve para esto. A mi la peli q me encantaba era Aladdin,y con mi pelo negro lacio y mi pantalon ancho igual al de jazmin, yo pensaba q era ella,pero claro q no lo soy,por dicha, como pone ud, yo si tengo el control de mi vida y puedo tomar mis decisiones, soy independiente, inteligente(no xq jazmin no lo sea),y no "tengo" q casarme, y por increible q parezca, como q eso es un problema,porque al igual como no encontramos esos principes en la vida real,lo hombres (q crecieron con la idea de ser principes pero para eso necesitan a su princesa)tampoco encuentran a sus princesas, siempre bellas, sumisas,ingenuas,dispuestas a darles su vida con tal de que sean felices,concuerdo con ud, por eso tanto noviazgo fallido,separaciones y divorcios, que a mi parecer se pueden resumir en poner la felicidad en manos de otro,cuando eso depende unicamente de uno mismo, no de un principe q venga a rescatarme o de una princesa q me de todo.Cuando entendamos esto y sepamos amar,con un amor real, como lo expresa ud,sin esas altas expectativas de como tiene q ser la otra persona,podremos crear ese final feliz del q ud habla. Lena

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  2. Si si amiga. Por qué no vimos Shrek??? por qué! Syl q bruta de veras genial. Y tranki xq cada palabra que escribió valió la pena ey Libro Libro! TQM a lot. atte Me

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  3. pinches princesas de mentirillas!!! jajaja!!! peo di es la pura y real verdad diria mi profe!!! jaja!!

    Nurita!

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  4. Si antes lo sospechaba...ahoara tengo la certeza...jeje... buen blog... ya tienes otra fan!
    Mis sinceras felicitaciones!...
    Alexa

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  5. Que genial este post. No te conozco pero admiro como escribes. Me gusta tu humor, como planteas todo y como analizas las cosas.
    Seguiré leyendote

    Myriam

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  6. Mis respetos! QUE POSTTT!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
    Deeberias de escribir, lo digo en serio, muy bueno de vd, tenes una gran vision y mucha claridad para analizar todo...
    Yo a veces aun tengo esa corona puesta, algun dia ya no la tendre mas

    Cindy

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